
Temía ver bajo mis pies, temía darme cuenta de que no estaba donde se suponía que debería de estar. Daba pasos con miedo, pasos tan cortos que tres pasos apenas si hacían uno normal. No dejaba de voltear hacia atrás, mi pasado me seguía y eso me aterraba, quería escapar, necesitaba huír de él. Intentaba correr, pero no podía hacerlo si continuaba con la mirada en mi espalda. Decidí mirar hacia el frente y no volver a voltear; por lo menos no tan seguido, ni tanto tiempo. Me sorprendió ver delante de mí tantas personas, tantos lugares, paisajes, frases, tantas palabras, miradas, besos, todo sin sentido. No entendía nada, nada parecía tener un significado, nada parecía tener relevancia. Y volví a temer, me aterró tanto ver ese futuro sin sentido, me aterró ver lo que venía y que no me importara, me aterró verte ahí...y no saber quién eras. Di la vuelta y corrí, corrí desesperado a mi pasado, intentando encontrar el momento en que perdí el significado de todo; pero no lo encontré, recorrí mi vida dos, tres, cuatro veces y nada me parecía conocido, nada significaba nada para mí. Familia, amigos, amores de verano, mascotas, escuela, trabajos, lágrimas, rísas...y nada. En una de tantas vueltas, llegué corriendo justo al punto en el que inicié; tropecé, grité, cerré los ojos, apreté los dientes. Manos contra el suelo. Ojos cerrado: una lágrima escapando entre mis párpados. El frío en las palmas de mis manos comenzó a doler. Abrí los ojos, una luz cegadora golpeo mi rostro. Froté mis ojos un par de veces para aclararme la vista y me vi sobre una superficie que nunca había visto, la lágrima que recorría mi rostro cayó y tocó aquella superficie, al mismo tiempo una lágrima parecía salir de un individuo que habitaba dentro de ese espacio, y subía hasta mí. Un fuerte sonido frente a mí hizo que me levantara rápidamente; ahora todo era distinto. Vi a personas que moría por conocer, lugares que necesitaba visitar, paisajes que fotografíar, frases que mencionar, palabras que decir y escuchar, miradas que entender, besos que dar y recibir. Ahora todo tenía sentido. Pero un nuevo miedo llegó a mí...no te veía en aquel futuro, me aterró no verte ahí, delante de mí. Grité tu nombre una, dos, tres veces, susurré tu nombre. Nada. Desepcionado, desilusionado, derrotado bajé la mirada, y ahí estabas tú, junto a aquel individuo bajo mis pies. Un calor inusual rozó la palma de mi mano, miré a mi lado. Ahí estabas tú, tomaste mi mano fuertemente y caminaste junto a mí, caminaste hacia ese futuro en el que estamos tú y yo.
Pequeña leyenda de una tarde de lluvia
Por:Queiles
Tras muchos años de surcar espacios siderales, cabalgar montañas, resolver entuertos, susurrar al oído y disolver así viejas tempestades.
Pasados tantos días de batalla y confusión, de éxodo y destierro, conquista y reconquista.
Una vez ya cansado y agotado de su eterno domicilio errante, de su vagar sin camino ni tregua, notó crecer en el pecho un deseo que siempre le había acompañado: Vivir en plenitud. No sentirse, como siempre, hecho de retales; fragmentado.
Y cuando aquella tarde de verano despertó en amalgama con una tormenta y ambos llovieron torrencialmente, sintió que a ras de tierra era plenamente uno. Cielo y suelo, agua y espejo, realidad y deseo.
Las nubes del cielo eran arbustos ligeros que preñaban de semillas el adusto cemento.
El frío de la ventana
Por: Todos los nombres
A lo mejor quien la mira proyecta su insatisfacción en ella y hasta su soledad, quizás esa mujer de la ventana hasta escribe porque ama intensamente a la ciudad que recrea en su escritura. Quizás le parezca más real el frío indiferente que entra por la ventana al calculado e introducido por cualquier escritor. Igual y comprende la naturaleza de su oficio. O quién sabe hasta podría ser una esposa de una hacendado que lee por evasión y está a punto de ser asesinada.